Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de junio de 2011

A quitarse el velo

El discurso y las acciones de nuestro Presidente han marcado las relaciones políticas entre nosotros los ciudadanos. Con sus arengas ha logrado dividir al país en dos polos: uno chavista (fiel al personalismo, el cual se aprovecha de la enfermedad social del venezolano que ha vivido bajo el bolivarianismo, el paecismo, el monaguismo, el guzmancismo, el castrismo, el gomecismo, hasta los no menos malos betancurismo, perenismo y caldersimo); y otro polo desarticulado, diverso y plural, que por su misma heterogeneidad se descubre relativamente débil frente al primero.
Esta división ha vislumbrado en el asunto político una cuestión básica: la lucha entre quien tiene el poder y quien lo sufre. Porque luego de legitimado por los mecanismos democráticos que el sistema jurídico imperante conserva, el presidente se ha encargado de romper el contrato social primigenio y oprimir a la ciudadanía, demostrando que la relaciones políticas no son sólo de contrato/opresión, sino también de dominación/represión. Es decir, que bajo la aparente racionalidad que existe en los arreglos jurídicos, la cuestión política siempre ha sido una guerra entre los diferentes actores de la sociedad por hacerse con el poder. Ya Foucault lo decía al invertir el aforismo de Clausewitz, “La política es la continuación de la guerra por otros medios”. La verdad es, que quien detenta el poder domina, porque poderoso es quien puede imponer su voluntad, aún en contra de toda resistencia. Es por esta verdad que el poder se basa en la fuerza, y las relaciones contractuales son sólo el esfuerzo occidental por legitimar esa dominación.
Esto nos trae a otro problema: la soberanía del pueblo. Concepto amplio y ambiguo que en esencia quiere decir que el poder reside en cada individuo, cada ciudadano, quien al articularse con sus iguales, en conjunto deciden sobre lo público. Concepto que esconde bajo su intención y su espíritu una histórica lucha por crear un marco, en el cual el poder -que es siempre dominación- se limite, se controle, se legitime. La realidad es, que cuando se irrespeta los arreglos institucionales, cuando el gobierno deja de ser fiduciario del poder del pueblo y se apropia de él contra todo contrato social previo, podemos ver como la soberanía popular se desvanece y volvemos a lo más básico y primitivo del asunto político, a saber, que es una guerra en donde hay un dominador y un reprimido.
Chávez, usando las herramientas de legitimación del Estado de Derecho ha escondido la realidad última del poder: es un acto de dominación, una lucha en donde el detentor del poder reprime a quien no está dispuesto a hacer su voluntad. Chávez ha usado la soberanía del pueblo como cubierta para legitimar ante nosotros y el mundo la verdadera relación que plantea a la sociedad, una relación de dominación/represión.
Es así como de facto hemos dejado de estar en un Estado de Derecho democrático, porque democracia existe cuando la decisión de lo público es competencia de todos y existen procesos decisorios para ejecutar ese poder soberano. La democracia necesita que el poder resida en la gente para que las votaciones no sean simples actos vacios.
La realidad está viciada en su raíz porque nuestro poder ha sido usurpado. Es Chávez quien decide, es Chávez quien reprime la diversidad. No importa que todavía exista una cáscara que aparenta división de poderes y órganos independientes, porque la realidad es que el objetivo de la organización política se ha perdido, el poder lo conserva un sólo hombre, que nos domina, que nos reprime, que nos impone su voluntad.
Ya lo vemos con la violencia que arroja cada día, con las bombas pimienta que usa a reprimiendo marchas, con la elección a dedo de representantes públicos susceptibles de votación, con el irrespeto de no considerar nuestra voz para aprobar leyes, con el mensaje de odio que transmite a sus seguidores. Somos enemigos porque nos negamos a cumplir su voluntad, somos enemigos porque nos negamos a entregar lo que por convicción y tradición es nuestro, el poder que tenemos sobre nosotros mismos. Porque en su insaciable ambición lo quiere todo para sí, porque su deseo más íntimo es dejarnos sin nada.
Debemos aceptar la realidad más básica del asunto político, que estamos en una lucha por el poder, una lucha en la que la que Chávez hace uso de todos los instrumentos gubernamentales por mantenerlo. A veces vestidos de ministros como Cabello, El Aissami, Samán; o de coroneles de la GN como Benavides, pero siempre con el objetivo claro de dominar, reprimir, anular. Debemos aceptar que no se nos dará guardia y que el objetivo de ellos es destruir lo que somos y convertirnos en masa, en unos idiotas aduladores que aceptan todo sin objeción.

La libertad: nuestro destino inexorable

Publicado originalmente en julio de 2009 en: http://futureando-blog.blogspot.com/2009/08/el-hombre-medio-se-encuentra-rodeado-de.html 
“… [El] hombre medio (…) Se encuentra rodeado de instrumentos prodigiosos, de medicinas benéficas, de Estados previsores, de derechos cómodos. Ignora, en cambio, lo difícil que es inventar estas medicinas e instrumentos y asegurar para el futuro su producción; no advierte lo inestable que es la organización del Estado, y apenas siente dentro de sí obligaciones. Este desequilibrio lo falsifica, le vicia en su raíz de ser viviente, haciéndole perder contacto con la sustancia misma de la vida, que es absoluto peligro, radical problematismo”

Estas fueron palabras de Gasset (1929) cuando reflexionaba acerca del porvenir de Europa. Se daba cuenta que las nuevas generaciones disfrutaban la comodidad que la lucha intelectual había alcanzado, olvidándose de los sacrificios y los años que estas luchas implicaron. En este desdén que las nuevas generaciones han tenido acerca de las bases de nuestra organización social actual se encuentra la semilla de la presente crisis.


El problema de la libertad es que luego de alcanzada se ha menospreciado. En la historia han coexistido distintas corrientes: la independencia de Latinoamérica y los propios procesos de Europa y EEUU con la realidad social de las gentes de nuestro subcontinente. La lucha por la libertad se inició mucho antes de que fueran nuestras tierras descubiertas, y al sentirnos oprimidos por el yugo español nos asimilamos a sus principios. Reconocido está que hasta que no se siente internamente la opresión no se reclama, y es por eso que fueron los independentistas los que con el nombre “Libertad” embanderaron sus campañas.

Al sentirnos oprimidos por este nuevo devenir reaccionamos y entendemos que la libertad no era sólo el deslastrarnos del control de la Corona. Entendemos que la libertad es un valor mucho más amplio e incluyente, infinitamente íntimo y abstracto. Se encuentra en cada aspecto de nuestra existencia y reclama de nosotros la más fiel vigilancia. Es delicada y fina, quebrantable por cualquier flanco, porque en la más pequeña agresión al derecho del individuo de ser según sus designios, en la más simple violencia a nuestra voluntad en tanto no agresora de otras voluntades, se descubre la fragilidad del más bello ideal humano.

En el presente los nuevos líderes mesiánicos –Chávez, Morales, Correa- se acongojan del sistema político heredado, promueven su remoción y proponen radicalizarnos. Sus seguidores se suman a sus arengas olvidándose que la historia se construyó de otra manera. Tanto unos como otros representan ese hombre medio de Gasset, aquel que disfruta de los beneficios de la libertad y al mismo tiempo atenta contra su existencia. Desconocen que antes de la justicia social se necesita un respeto irrestricto a la individualidad. Porque sólo se puede redistribuir cuando existe algún producto que dividir, y sólo existe producto en la medida que se crea. La riqueza sólo se crea cuando existe libertad para cada persona, y así ésta explote su capacidad creativa. Justicia social sólo podrá tener cabida cuando cada quien tenga el espacio de creer en lo que quiera y profesar lo que desee. Verdadera igualdad habrá cuando cada quien tenga la misma consideración que otro sin importar su origen, raza, sexo o afinidad sexual.

No en vano la lucha por la libertad ha sido tan costosa, no hay duda que es inapreciable. La reforma que más avanzaría en la causa de la libertad en Latinoamérica es la lucha consecuente contra ésta nueva moral que los líderes mesiánicos nos pretenden inculcar, es recordar que todo nuestro presente se levanta sobre la lucha por ella, es lucharla con la misma ferocidad que William Wallace en Corazón Valiente, al cual ninguna tortura apaciguó, ningún Dios y Rey detuvo, y justo antes de morir llevó a lo alto el más excelso de los valores humanos: LIBERTAD. Debemos levantarnos contra estos líderes y recitar a Gasset:

“Todos saben que más allá de las justas críticas con que se combaten las manifestaciones del liberalismo queda la irrevocable verdad de este, una verdad que no es teórica, científica, intelectual, sino deun orden radicalmente distinto y más decisivo que todo eso –a saber, una verdad de destino” (Ortega y Gasset, 1929, La rebelión de las masas)
Nuestro destino es ser libres, eso es inexorable.